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Condestex y el reto de abrir camino

Condestex ha dado forma a un amplio catálogo de productos basados en la aplicación de telas desechables en los procesos productivos de la industria alimentaria, todos ellos sin competencia en el mercado y protegidos por la correspondiente patente. Tras dos años de prospección de mercado, el principal obstáculo con que se encuentra la empresa tiene que ver con lo innovador de su oferta: sin referencias con las que compararse, es más difícil hacer valer las propias virtudes. El ejemplo más llamativo son las bolsas para el transporte y almacenamiento de carne, que evitan mermas y aumentan las garantías sanitarias del producto, pero que deben vencer la inercia de los usos y hábitos arraigados en la industria.

Por Jose Ramón Esquiaga @josesquiaga

Huérfanos de referencias, los productos que no tienen competencia se abren camino en la selva del mercado con un machete de dos filos: si consiguen hacerse un hueco las posibilidades de crecimiento son enormes, pero sin nada a lo que compararse corren el riesgo de chocar contra el muro de quienes no ven un problema donde ellos ofrecen una solución. Tras dos años de prospección de mercados, y de buscar nuevos usos para sus productos, Condestex ofrece un inmejorable ejemplo de esa paradoja de la innovación, y también de la forma en que puede resolverse. Con los tejidos desechables como producto, y con la aplicación de los mismos a la industria alimentaria como factor diferenciador, la empresa cántabra ha ido situando sus artículos entre un abanico cada vez más amplio de clientes, superando un condicionante que se repite prácticamente en todos ellos y en mayor medida cuanto más innovador es lo que se les ofrece: es más complicado hacer la primera venta que lograr que repitan el pedido.

En su trabajo de prospección, Condestex ha conseguido ya una demanda notable para sus paños de moldeado de queso fresco, o para las bolsas de transporte de carne, o para las pensadas para cubrir las piezas en el proceso de congelación. También está consiguiendo un éxito equivalente en los últimos productos que ha sacado al mercado: filtros para leche, utilizados en las explotaciones ganaderas entre el ordeño y los tanques de refrigeración, y los paños para el centrifugado de la anchoa. Todos tienen en común el material que sirve de base: un textil con características especialmente adecuadas para su uso alimentario y pensado para ser desechado tras uno o varios usos. Todos presentan alguna ventaja respecto a las alternativas, cuando estas existen, o algún beneficio respecto a no utilizarlos, cuando no tienen nada con que compararse. A efectos prácticos, esto marca una clara diferenciación entre dos familias de productos: a un lado las bolsas para carne, y al otro todos los demás artículos. En la práctica, y desde un punto de vista comercial, es más sencillo vender estos últimos.

“Con los paños para el queso, o para las anchoas, o con los filtros de leche, vienes a sustituir algo que ya existe: las queserías y las conserveras usan telas que luego lavan, en el ordeño se utilizan filtros de papel. En los mataderos, en las carnicerías, en el transporte de carne, no se usa nada para cubrir las piezas”, explica Juan González, gerente de Condestex, que está convencido de que esto último supone una dificultad añadida a la hora de abrir mercados: “En los otros casos competimos con la lavadora, en las bolsas para la carne competimos con el hábito y la costumbre. Es mucho más difícil luchar contra esto”.

Juan González, gerente de Condestex

Juan González, gerente de Condestex

Respecto al uso de otros materiales lavables, los paños desechables de Condestex –que pueden ser de un solo uso, en las anchoas, o de varios, en los utilizados en queserías y explotaciones ganaderas– resultan más económicos que el gasto del lavado, incluyendo el consumo del agua y la amortización de los equipos de limpieza. Al ser fotodegradables, también resisten la comparación si lo que se mide es el impacto medioambiental. En el caso de las bolsas para carne, podría pensarse que incorporar un elemento nuevo a los procesos en mataderos y carnicerías puede suponer un coste no recuperable pero, de acuerdo a los estudios realizados por Condestex, las ventajas que presenta el empleo de las bolsas son perfectamente medibles en términos económicos, y no solo higiénicos o sanitarios como podría pensarse en un primer momento.

Aunque en proporciones que dependen del proceso de maduración de cada tipo de carne, todas las piezas almacenadas en una cámara sufren una merma de peso con el paso del tiempo. El uso de las bolsas reduce esa pérdida de una forma importante y perfectamente cuantificable, de acuerdo a los estudios independientes encargados por Condestex. “En los tres días que una vaca entera está en una cámara, pierde del orden de tres a cinco kilos de peso. Con el uso de una de nuestras bolsas, consigues reducir esa pérdida en torno a un 40%, lo que teniendo en cuenta que el precio medio del kilo de carne se mueve en el entorno de los cuatro euros, supone un ahorro de 6 o 7 euros por animal. Y nuestras bolsas para cubrir una vaca entera cuestan unos 80 o 90 céntimos”, explica Juan González, que recuerda además que el proceso de maduración no termina ahí: dependiendo de los distintos cortes, hay piezas de vacuno que pasan hasta tres meses en las cámaras, y para las que también hay bolsas que siguen evitando las mermas durante todo ese tiempo. Aunque en proporciones distintas, el empleo de las bolsas consigue resultados equivalentes en el caso de corderos y lechazos, otro de los mercados donde Condestex está consiguiendo introducir sus productos.

A todo lo anterior hay que sumar los argumentos higiénicos y sanitarios, que fueron de hecho los que motivaron inicialmente a la empresa a desarrollar este producto. La legislación europea es extraordinariamente estricta en todo lo que tiene que ver con el manipulado de carne, algo que conocen sobradamente en los mataderos, salas de despiece y carnicerías. En contraste, su aplicación es mucho más laxa en el transporte, donde la carne se expone a agentes contaminantes –polvo y humos, por ejemplo– a los que la norma pone un estricto coto en otras fases del proceso de producción, elaboración y conservación de alimentos. “La ley está ahí, pero se trata sobre todo de una cuestión de sensibilidad por parte de los consumidores, que seguimos viendo como normales cosas que no lo son en absoluto, como cargar al hombro una pieza de vacuno sin ninguna protección. Eso cambiará en algún momento, estamos convencidos de ello”.

Condestex funciona por el momento con una estructura mínima, aunque ya ha conseguido cerrar contratos de suministro en toda España y también en países tanto de dentro como de fuera de la UE. En todos ellos ha protegido sus productos con la correspondiente patente, circunscrita en su caso a lo que se conoce como un modelo de utilidad: no hay innovación en el tejido, ni en la tela, pero sí en el uso que se le da. Eso significa que cualquiera podría producir ese material, y darle forma de bolsa, pero no venderlo para su uso en queserías o para introducir carne fresca. “El problema de la patente es su coste, tanto para obtenerla como para mantenerla, pero funciona y nos sentimos lo suficientemente protegidos como para poder aprovechar el crecimiento de la demanda que esperamos”, asegura Juan González. En la fase de lanzamiento, la empresa está operando con dos trabajadoras en administración y uno más encargado de transformar el tejido que se adquiere a un proveedor español. De cumplirse las previsiones de pedidos, la empresa estaría en disposición de crear en torno a la veintena de empleos en un plazo de tiempo que dependerá de la velocidad a la que los mercados sean capaces de adaptarse a las novedades. La innovación, como la carne que cubren las bolsas de Condestex, también tiene su tiempo de maduración.

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