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Economía colaborativa, una imparable realidad de vértigo

En el transporte, las finanzas o la hostelería, la conocida como economía colaborativa ha transformado la forma de entender la relación entre clientes y proveedores, dando la vuelta también al concepto de trabajo, de empleador y de empresa. Todo ello abre un debate con implicaciones fiscales, sobre la competencia desleal o acerca del propio modelo económico. El economista David Cantarero y la periodista Eva Miguélez nos hablan de todo ello en esta entrevista.

Por Jose Ramón Esquiaga @josesquiaga

Cualquiera puede hoy contratar un traslado por carretera sin necesidad de contar con una empresa de autobuses, o un taxi, un alojamiento prescindiendo de los hoteles, una comida sin restaurantes o incluso un crédito sin pasar por el banco. Todo ese abanico de posibilidades, al que podrían añadirse otras tantas en una enumeración a la que es difícil poner fin, tiene que ver con lo que se conoce como economía colaborativa, una red de intercambios que tejen los ciudadanos prescindiendo de los tradicionales intermediarios y abriendo un territorio de dimensiones inabarcables y fronteras difusas. También lleno de incertidumbres, la mayor parte de ellas relacionadas con el tradicional vértigo ante lo desconocido, pero también otras que entran de lleno en cuestiones más o menos acotadas por las normas, como  la competencia desleal y la economía sumergida. Desde dos ópticas distintas pero complementarias, Eva Miguélez y David Cantarero repasaron las oportunidades, los desafíos y las dudas de la economía colaborativa en una jornada organizada por el Colegio de Economistas de Cantabria. Ella es periodista y consultora de comunicación freelance, miembro de OuiShare, una comunidad de activistas que trabajan por el cambio hacia una economía colaborativa; él, profesor de economía de la Universidad de Cantabria, especializado precisamente en políticas públicas y en cómo financiarlas. Con ambos hablamos justo antes de que comparecieran ante el público congregado en el Centro Casyc, de la Fundación Caja Cantabria, en una conversación en la que se trataron los retos y desafíos que hay por delante, con una conclusión clara: no tiene sentido prohibir lo imparable, pero es imprescindible alcanzar acuerdos que marquen el terreno de juego.

Pregunta.- Blablacar o Uber ofrecen un coche para trasladarse, Airbnb un lugar donde alojarse, también hay plataformas en las que puedes contactar con un particular que da comidas en su casa. Todos son servicios que hasta ahora ofrecían empresas, y que ahora dan ciudadanos, lo que pone en pie de guerra a las primeras. ¿A dónde puede llevarnos todo esto?
David Cantarero (D.C.).- Estamos ante un proceso joven, que rompe con todo lo que hemos conocido hasta ahora en relación con los intercambios de mercado. Todo esto es muy interesante desde el punto de vista de un economista. ¿A dónde nos lleva? No lo sabemos, y ahí está precisamente el interés. Sabemos lo que tenemos ahora, pero no hacia dónde vamos. A partir de ahí podemos identificar posibles escenarios, el impacto que puede tener sobre los sectores tradicionales, pero también sobre variables de las que se habla menos: los precios, por ejemplo. Es cierto que ahora nos movemos en un limbo legal, y que nos encontramos con dos posturas encontradas ante el fenómeno: una que podemos identificar con la economía más tradicional, que es la que parece que mantiene el Ministerio de Hacienda, y otra más comprensiva, que es la que vemos en el Tribunal de la Competencia, o incluso en el Ministerio de Industria. Es necesario ir resolviendo esas tensiones.

Eva Miguélez (E.M.).- Ahora mismo lo que es fundamental es que las administraciones innoven a la hora de regular. Porque todo se mueve en un gris alegal pero, pese a ello, ya se está generando economía y riqueza. Hay que dar forma a todo esto para que nadie quede al descubierto: ni la plataforma, ni el ciudadano productor, el que ofrece sus servicios. Y es urgente hacerlo, porque hay cientos de camas en Airbnb, de asientos en Blablacar…Hay que dar respuesta a todo esto, y lo mejor es hacerlo mediante acuerdos.

P.- Ante todo esto se suscitan sobre todo dos dudas: la competencia desleal y la economía sumergida, porque toda esta actividad puede quedar opaca a los ojos de Hacienda.
E.M.- Es discutible que a Hacienda se le escape el control de esto, porque no hay nada más trazable que los ingresos y gastos de estas plataformas. Si tú tienes tu casa en Airbnb, o si has compartido tu coche por Blablacar, en tu declaración de la renta aparecerán esos ingresos: todo lo que pasa por la plataforma se sabe a dónde va. Otra cosa es lo que ocurre con el ciudadano productor, y si esos ingresos los tenemos que encajar en una actividad económica concreta, que obligue a darse de alta como autónomo o no. Todo eso es lo que tiene que establecerse en esa regulación que reclamamos, y que tendrá que ser de verdad innovadora. Lo que no tiene sentido es la prohibición, porque es imposible. La economía colaborativa ya está aquí, es imparable y mueve millones de euros.

D.C.- Ante esto hay dos planteamientos: uno es negarlo, pensar que no va a ir a más, y que se puede impedir su desarrollo con impuestos, prohibiendo… negando la realidad, en suma. Yo creo que no debe irse por ahí, y pienso que de hecho no va a irse por ahí. Lo que también es cierto es que no en todos los sectores va a tener la misma penetración, que va a haber diferencias entre los países, relacionadas también con la demografía… Lo que hay que hacer es tener en cuenta todo eso y dar la mejor respuesta, que no debería ser la más hostil. Esto va a generar actividad en ámbitos como el aseguramiento, lo está haciendo ya, y como decía también va a tener un impacto en los precios. Por un lado presionará a la baja los que cobran los servicios tradicionales, pero por otro también hay que pensar que subirán los que hoy se ofrece en las plataformas, por la regulación y porque quien las usa será cada vez más exigente. Si todo eso se hace bien, puede redundar en una mejora de la competitividad, y eso es bueno para la economía.

E.M.- Ya hay compañías de seguros que han visto un nicho de mercado en la economía colaborativa. Axa, por ejemplo, ha desarrollado un producto concreto para los usuarios de Social Car, de manera que quien alquila un vehículo en esta plataforma, y quien lo cede para el alquiler, están perfectamente cubiertos.

David Canterero y Eva Miguélez, durante la jornada organizada por el Colegio de Economistas para analizar los retos de la economía colaborativa.

David Cantarero y Eva Miguélez, durante la jornada organizada por el Colegio de Economistas para analizar los retos de la economía colaborativa.

P.- El problema, tanto en materia de impuestos como en cuestiones como la de los seguros, es cuando la economía colaborativa se mueve fuera de esas plataformas. Uno puede utilizar Blablacar para un primer contacto, pero luego buscar otras formas de contactar con los interesados.
E.M.- Ahora mismo eso no es tan sencillo, quizá lo sea algo más en localidades pequeñas, pero en Barcelona no parece fácil que uno pueda resolver sus necesidades de transporte sin usar una gran plataforma. De todos modos es cierto que si todo evoluciona como esperamos, las plataformas van a ser cada vez menos necesarias, y eso nos parece positivo. Quienes estamos en esto preferimos que todo esté más descentralizado, que el contacto entre el usuario y quien ofrece el servicio sea directo, sin intermediarios. ¿Con eso se pierde trazabilidad? No necesariamente, porque los datos van a estar ahí.

P.- Asumamos que no es lo mismo economía colaborativa que economía sumergida. Queda la cuestión de la competencia desleal: el transporte, o el turismo, son sectores muy regulados, que exigen a las empresas autorizaciones, trámites y homologaciones. Frente a eso, quien se limita a poner su coche, o su piso, juega con ventaja.
D.C.- Yo entiendo la postura de ambas partes, y sobre todo me preocupa la incertidumbre que existe actualmente, de manera que nadie sabe hasta dónde puede llegar. En eso vamos por detrás de otros países, y sentencias como la de Blablacar han sorprendido porque han fallado en contra del agente tradicional. Vuelvo a la idea de la necesidad de regular, que sería bueno para todos: para el agente tradicional, que sabría cuáles son las reglas del juego, y también para quienes operan en la economía colaborativa, que se pondrían a cubierto frente a excesos que pueden llevar al desprestigio de estas plataformas.

E. M.- En Cataluña se ha creado una comisión interdepartamental para el estudio de todo esto, para analizar la normativa sectorial, sobre todo en movilidad, vivienda y turismo, que son las actividades más maduras en economía colaborativa. A partir de ahí tendremos un mapa del que partir para llegar a acuerdos con las plataformas. Me parece que ese es el camino. Curiosamente, son las ciudades las que están teniendo el máximo protagonismo a la hora de buscar acuerdos, con muchas diferencias entre ellas. Barcelona, por ejemplo, está teniendo una posición bastante frontal respecto a Airbnb. Pero tendrán que llegar a acuerdos, innovando en la regulación, como decía antes.

P.- Otro aspecto que puede generar dudas es el empleo. Por lo que pueda tener de pérdida de puestos de trabajo tradicionales, y su sustitución por trabajadores autónomos, con pocos ingresos y poca cotización. Y el impacto de todo ello en asuntos como el de las pensiones.
E. M.- Hablar de empleo tradicional, en este mundo líquido en el que ya estamos, se me hace un poco extraño. Quizá porque yo soy autónoma y estoy habituada a otras fórmulas. En todo caso, cuando hablamos de economía colaborativa no necesariamente hay que pensar en que sea un modo único de ganarse la vida. Hoy ya un 6% de la población española entraría dentro de esa figura de ciudadano productor: ha tenido alguna experiencia en plataformas y ha ingresado un dinero. Eso no significa que haya ganado 2.000 euros todos los meses, eso no pasa, lo que se genera es un complemento. Hay que cambiar de mentalidad, se sigue hablando de salarios y habría que empezar a hablar de los ingresos que seas capaz de generar. Con tu trabajo, tus habilidades o por los que puedan llegar por la economía colaborativa. En relación con las pensiones, tengo la sensación de que los futuros posibles van a ser tan disruptivos, tan diferentes de lo que conocemos ahora, que me siento incapaz de responder a esa pregunta. Y volvemos al tema de la regulación, y a la necesidad de que las Administraciones entren en estos temas. Si tuviera un hijo de cuatro o cinco años, estaría reclamando al Gobierno que pusiera este asunto encima de la mesa.

D.C.- No creo en esos escenarios futuros que se nos dibujan como únicos, aunque los análisis técnicos estén bien hecho, porque siempre hay variables que no conocemos. Es cierto que en el futuro quienes alcancen la edad de jubilación lo van a hacer tras cotizar menos años, y por menos importe, que quienes se están jubilando hoy. Pero llegados a este punto el debate tiene que ser otro, y quizá habría que pensar en romper el concepto de contributariedad, siquiera ligeramente. Que no esté ligada la pensión a lo cotizado, o que no lo esté totalmente. Se puede complementar utilizando la caja general, a la que también contribuirá la economía colaborativa. La insostenibilidad del sistema de pensiones me la creo en el contexto actual, pero ese contexto y esa estructura se pueden cambiar. Solo hay que estar de acuerdo en hacerlo.

P.- Mencionaban antes las brechas, la distancia que puede existir entre el uso que se hace de los recursos que ofrece la economía colaborativa dependiendo del ámbito geográfico, del conocimiento de la tecnología, o incluso de la edad de cada cual. ¿Puede eso llegar a ser un problema?
E. M.- Yo vivo entre Barcelona y Santander, seis semanas allí y cinco días aquí. Hay una diferencia enorme en cómo se viven estos temas en las grandes ciudades y lo que sucede en las pequeñas. Y en efecto existe el riesgo de que en el futuro el protagonismo económico se concentre en las grandes urbes, pero aquí en Santander también tenemos gente con su piso en Airbnb, su asiento en Blablacar… Tenemos que ver todo esto como una oportunidad para ser curiosos, explotadores, listos, productivos… Hay que estar despiertos para que no se nos pasen los trenes.

D.C.- Si la cuestión de la brecha no se resuelve bien, sí que puede generar un problema importante, aumentando la desigualdad. Estamos viendo ya que la automatización está acabando con los empleos de menor valor añadido, y la economía colaborativa puede acentuar esa distancia entre quienes usan la tecnología y le sacan partido, y quienes quedan al margen. Habrá una mayor brecha entre los salarios más altos y los más bajos, y quizá también un paro estructural permanente. Es importante que todos esto se resuelva adecuadamente.

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