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El final de una mina inagotable

El yacimiento de zinc de Reocín, una de las explotaciones mineras más generosas del mundo, trabaja desde 1996 con fecha de caducidad, después de haber marcado durante siglo y medio la historia de la minería en Cantabria.

Texto de Jose Ramón Esquiaga @josesquiaga . Públicado en julio 2001

Si para cualquier empresa es complicado superar la barrera de los cien años, alcanzar una longevidad de tal calibre entra dentro de lo extraordinario cuando es la naturaleza la encargada de poner fecha de caducidad al negocio. Como cualquier otra, la explotación minera de Reocín partió del descubrimiento del mineral, se desarrolló de una forma que superó con mucho las expectativas iniciales, logró que el descubrimiento de nuevas vetas aplazara varias veces su sentencia para, finalmente, poner fecha al punto y final de la mina. De no mediar un milagro que ya nadie espera, el año 2003 será el último en que saldrá zinc de los pozos de Reocín, cerrándose así siglo y medio de historia de la más generosa de las minas cántabras.

Propiedad actualmente de Asturiana de Zinc –empresa fundada en 1957– la mina cántabra echó a andar de la mano de la Real Compañía Asturiana de Minas, que tuvo conocimiento del yacimiento cántabro gracias a una de esas casualidades que ponen un punto de leyenda a las historias. Corría el año 1856 cuando una avería en el carruaje del barón de Hauzeur, a la sazón presidente de la compañía minera –empresa belga, pese a su nombre–, obligó al aristócrata a hacer una forzada pausa a la altura de Torrelavega, en uno de sus muchos viajes entre Asturias y el País Vasco, regiones ambas en las que la Real Compañía Asturiana tenía intereses. Es fácil imaginar el asombro del barón cuando, paseando por los alrededores, se encontró con que gran parte de las casas de la zona utilizaban el mineral de zinc como material de construcción. Al parecer una indiscreción de su cochero en la taberna hizo que un avispado lugareño se adelantara a denunciar las concesiones, siendo ésta la razón por la que la Real Compañía estuvo pagando durante decenas de años cánones de arrendamiento, a él y a sus descendientes, por una explotación que desde el primer momento se aventuraba rica, y que con el tiempo se iba a convertir en una de las más generosas minas de zinc del mundo.reocin-arsa´centenaria-cantabrianegocios

Ya en 1859, apenas tres años después del descubrimiento del yacimiento, en Reocín trabajaban 1.500 personas, una cifra que llegaría a doblarse en los años de máxima actividad de la mina. Si son cifras que aún hoy llaman la atención, es fácil suponer el impacto que suponían en unos años de prehistoria industrial en los que la más grande de las empresas cántabras apenas superaba la decena de trabajadores. La mina cántabra rindió siempre por encima de lo que de ella se esperaba, lo que animó a la empresa a realizar prospecciones en otros puntos de la región, unos trabajos que dieron fruto con el descubrimiento de pequeños yacimientos, más empequeñecidos si cabe por la comparación con las cada vez mayores dimensiones que iba alcanzando el de Reocín.

La Real Compañía Asturiana de Minas era por entonces un auténtico emporio con intereses en medio mundo. La larga relación entre la compañía belga y el yacimiento cántabro va a estar jalonada por el descubrimiento de nuevas vetas de mineral, por el perfeccionamiento de la técnicas extractivas y, finalmente, por la demoledora crisis de los años setenta.

El nacimiento de Azsa, en 1957, marca el comienzo de un fin de época que iba a tener lugar dos décadas más tarde. La Real Compañía Asturiana de Minas se plantea ese año crear una fábrica para transformar el mineral de zinc por el procedimiento electrolítico, el método más moderno y eficaz de los existentes. La estricta legislación de la época prohibía, dentro de los sectores considerados estratégicos, la puesta en marcha de cualquier empresa en la que el capital español no fuera mayoritario, por lo que la compañía belga se vio en la obligación de buscar socios españoles para el 51% de la sociedad que planeaba crear, y que finalmente inició su actividad con el nombre de Asturiana de Zinc Sociedad Anónima y con la fábrica de zinc electrolítico de Asturias como único activo; dos bancos, el Español de Crédito y el Herrero, se reparten la titularidad nacional de las acciones de la nueva sociedad.

La desaparición de la Real Compañía Asturiana de Minas a finales de los setenta va a trasladar el protagonismo a lo que nació siendo una filial, de manera que Azsa hereda los activos de su compañía madre, y entre estos la mina de Reocín, que pone fin a un camino recorrido durante más de un siglo de la mano de la empresa belga. Más breve en el tiempo, la trayectoria junto a Azsa no se ha quedado corta en cuanto a intensidad y movimientos, sobre todo en lo referido a la propiedad de la empresa. Son tiempos en los que empieza a ponerse fecha al cierre de la mina, que lograba posteriormente el indulto merced a descubrimientos de nuevos yacimientos o al desarrollo de técnicas que hacían rentable el trabajo en zonas de difícil acceso. A punto de comenzar los años ochenta, el final de la explotación parece inminente, pero la exploración de la zona conocida como Barrendera volvió a demostrar la increíble generosidad del suelo de Reocín, empeñado en hacer real el sueño imposible de la inagotabilidad. Pero como nada dura eternamente, la mina trabaja desde 1996 con la fecha de caducidad impresa en todos los rincones: el año 2003 será el último en que la explotación cántabra conserve su condición minera. Aunque acostumbrados a que sucesivos golpes de suerte cambien el destino de Reocín, los actuales responsables de la mina, y todos los que trabajan en ella, están convencidos de que esta vez no hay vuelta atrás.

El mal trago del cierre se vivirá con nuevos propietarios en Azsa –recién adquirida por el grupo Xstrata–, una empresa que ocupa un lugar de privilegio entre los transformadores mundiales de zinc y que tras el agotamiento de Reocín dejará de contar con explotaciones mineras. A partir de ahí queda por decidir qué será de los abandonados yacimientos de una explotación de cuya riqueza, como suele suceder, se ha sido más consciente en el extranjero que en el propio país y, no digamos, en la propia región. Con esos antecedentes es difícil no ser pesimista sobre las posibilidades de conservar algún vestigio que dé testimonio de lo que allí hubo a las generaciones futuras. El tiempo –apenas un par de años, lamentablemente– y los políticos dictarán el futuro de la vieja mina.

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