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Empresa de mar y tierra

Asentada como una de las consignatarias más longevas de la región, Hijos de Basterrechea afronta el futuro desde un pasado construido sobre dos nombres de mujer.

Texto de Juan Dañobeitia. Publicado en enero 2006.

Las grandes historias, aquéllas que perduran siglos y cuentan su biografía como si de grandes leyendas se tratare, suelen estar cimentadas sobre un nombre de mujer. Eva, María, Carmen… O Aurora y Rosario, punto de partida, hace ya 127 años, de la que hoy se erige como una de las consignatarias más longevas de la capital cántabra, Hijos de Basterrechea, S.A.

Tanto Aurora como Rosario, dos brick–barcas preparadas para el transporte de 650 Tn de carga cada una, comenzaron sus días allá por el año 1878, cuando Antonio V. de Basterrechea Luzárraga abandona Mundaca por motivos de conveniencia. Santander es un puerto con grandes posibilidades para sacar partido a estas embarcaciones, ambas de su propiedad, y decide establecer la razón social de la empresa, Torriente y Basterrechea, en la ciudad. La primera prueba de su acierto es la entrada de estas naves en la carrera de las harinas hacia Cuba.

La actividad de esta emergente naviera comienza a crecer y, de simple propietario, Antonio V. de Basterrechea pasa a despachar las mercancías cargadas en la flota del Marqués del Campo, que por aquel entonces hace sus primeras escalas en Santander.

Tras disolverse, de mutuo acuerdo, la sociedad entre Torriente y Basterrechea, este último se postula como agente de seguros y perito liquidador de averías, actuando para compañías como El León y Lloyd Alemán. Será ésta una de las actividades a las que mayor fruto saque la compañía, ya que en poco tiempo obtiene una cartera de clientes en la que figuran nombres como el de La Unión y el Fénix, Mapfre, Centro de Navieros Aseguradores de Barcelona, Aurora Polar S.A. –hoy Axa Seguros– o la londinense Harris and Dixon Ltd. Además, figurará como uno de los fundadores de La Alianza de Santander, originada por las mayores personalidades comerciales de la ciudad.

No obstante y a pesar de los grandes frutos que cosechó gracias a esta siembra en el mundo de las aseguradoras, el negocio marítimo, resurge en la historia de la empresa, si bien como agencia en tierra y no como patrón. Ocurre tras la jubilación de Carlos de St. Martin, propietario hasta la fecha de The Pacific Steam Navigation Co Ltd. –conocida en España como La Compañía del Pacífico–. Basterrechea logra convertirse, allá por la última década del siglo XIX, en la agencia de una naviera que durante 74 años envió a Santander vapores que aún están en la memoria de muchos, desde la serie O –Orbita, Orduña, Orcoma u Oropesa– hasta el Reina del Pacífico o el Santander, buques que mantuvieron su conexión con América hasta 1964. Dentro de esta línea, la compañía mantuvo relaciones con empresas de la talla de La Bandera Española –de capital británico– o La Bética de Navegación.

Antonio Basterrechea, ya en sus últimos años al frente de la empresa, decide recuperar el espíritu eminentemente naviero de la compañía. Tras la venta de los veleros con que arrancó este más de un siglo de historia, decide adquirir en el año 1909 un costero inglés, de nombre Parayas y al que rebautiza Aurora; tres años después, se hace también con el título de propiedad del Cervantes, al que pasará a denominar Rosario. Y como si de un bucle se tratara, una vez de vuelta en el origen, la historia cierra su primera puerta con la muerte del fundador. Corría el año 1917.

Segunda generación

Antonio y Fernando, hijos de Antonio, toman las riendas de la empresa en un periodo, el de entreguerras, que se define por la continuidad en la actividad, sin olvidar incursiones en las campañas de nitrato desde Chile. Pero si un hecho ha de marcar este lapso es el nombramiento como agentes de The Royal Mail Steam Packets Ltd., convertido en primer grupo naviero del mundo tras la compra de Lord Kylsant de todo un entramado marítimo ya existente.
Con este despunte, la empresa se adentra en la era moderna, etapa en la que el organigrama vuelve a sufrir modificaciones, tras la retirada de uno de los hermanos que tomó el mando después de morir Antonio V. de Basterrechea. Por contra, aparecen en escena tres nietos del difunto: Antonio, Fernando y Enrique.

Son años de adaptación. Tanto la aviación como la revolución del container obligan a las compañías del sector a cambiar no sólo el tráfico marítimo y su cadencia de atraque en puerto, sino las formas de operar tanto en muelles como en despachos. Y es por esto que la dirección decide volcar sus esfuerzos en la carga seca a granel o inutilizada, participando en la recepción, despacho y reexpedición de mercancías –madera, granito, pasta de papel…–. Así también, Basterrechea se postula como una compañía pionera –años 70– del regreso de buques en régimen de crucero. A día de hoy, la actividad se centra en el tráfico de vehículos y la consignación de buques portacoches –por cuenta del grupo Walenius Wilhelmsen Lines–, portacontenedores y de carga.

Son 127 años. Más de un siglo de vida en los que cuatro generaciones de Basterrechea han sabido mantener en vigor una empresa que si bien es familiar, ha navegado en los mares de todo el mundo. El transcurrir de años en los que la familia real británica vino a respirar el aire de Santander a bordo de buques en los que el apellido Basterrechea significaba solvencia en tierra. Un tiempo en que fueron testigos de los avatares y cambios de la época, cargando en sus naves los primeros coches ingleses que llegaban al país. Navidades olvidadas, menos aquélla en que un trabajador les abandonó porque le cayó el gordo de la Lotería. Eso es lo que tienen las historias que comienzan sobre un nombre de mujer: pueden ser eternas, pero nunca dejarán de ser complejas.

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