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Historias de acero

A pesar de que los inicios de la cuchillería Celso Ibáñez se remontan a Burgos, el nieto del fundador de la saga trajo consigo a Santander, hace ya más de quince años, un bagaje centenario de maestros en el arte de redescubrir el filo

Texto de Juan Dañobeitia. Publicado en julio 2006.

Quién no ha soñado alguna vez, quizá de niño, con verse armado como un caballero a la vieja usanza; de los de espada envainada, escudo de armas y valor demostrado. Y hay ciertas esquinas, en algunas ciudades, que te devuelven ese recuerdo. Pegar las manos en el escaparate, mirar de frente y, tras el reflejo de una cara asombrada, ver el filo que sobresale de una empuñadura grabada.

Puede que cuando Juan Ibáñez abriera por vez primera las puertas de su cuchillería, no pensara que el futuro que aguardaba a sus armas era el de convertirse en un mero regalo. En los años finales del siglo XIX, todavía tenía algún sentido el conservar en la pared empedrada de casa un arma con el que defender la honra.
Mantenerla afilada, con la hoja alerta. Y aunque no siempre en guardia, sí que al menos sin bajar las manos.

Bajo aquel presente de 1887, Juan Ibáñez, padre en el futuro de una saga de diez hijos, fundó la cuchillería, armería y tienda de afilado que llevó su nombre durante décadas. Burgos era entonces una ciudad de pequeños oficios, de gente hecha a fuerza de aprender la tarea diaria del negocio familiar. Y por el futuro de su comercio, a cinco de sus vástagos les enseñó un oficio que necesita de buen maestro. Horas pasadas al calor de los esmeriles.
Errores finalmente enmendados por las manos expertas.

Los años corren entre cuchillos vendidos y cuchillos gastados. La venta de armas se va alejando a pasos forzados del inventario de Juan. La gente se siente segura y prescinde de comprar enseres convertidos en inútiles y, hasta cierto punto, en prohibidos. Además, el legado de la tienda se acerca y Jesús, el pequeño de la familia, será quien coja las riendas de un negocio que ya se ha hecho familiar en un Burgos cada día más próspero.

Escondido en el taller de la cuchillería desde que cumplió los trece, Jesús Ibáñez se asoma ahora al mostrador de la tienda del Hondillo, a la vera de la plaza de Santo Domingo Guzmán. En los años en que el negocio contó con su gerencia, pasó la guerra, pasó la posguerra, pasó el hambre y cayeron las costumbres. Las técnicas de afilado, principal menester de la empresa, se unen al progreso, al igual que los materiales de las piezas a afilar también se van modernizando.

Pero el hambre y penuria de la España de mitad de siglo, como todo problema, termina por desaparecer. Las economías familiares repuntan hacia la clase media y los bolsillos se llenan lo suficiente como para dedicar parte del suelo a un regalo. Así, Jesús Ibáñez decide dedicar parte del comercio a la venta de réplicas: espadas de caballeros históricos, dagas, katanas… Las paredes de la tienda se convierten en un museo de la hidalguía en el que todas las piezas están a la venta.

“Si no tienes a nadie que te enseñe, es imposible aprender este trabajo. Además, requiere de muchas horas de prácticas y, sólo con el paso de muchos años, logras hacerte con todas las técnicas”. Quien habla es Celso Ibáñez, nieto del fundador de la saga y el encargado de expandir el negocio familiar fuera de las fronteras de Burgos.

Hace ya quince años, Celso decidió mudar sus trastos a la capital cántabra. No dejó atrás una tienda cerrada. Su hermano, Juan Jesús, quedó al frente de aquel comercio del Hondillo en que su abuelo inició esta historia. Y aunque Celso tal vez decidiera poner el contador del tiempo a cero, lo cierto es que en sus tarjetas de presentación sigue vigente 1887 como el año en que empezó todo.

Es consciente de que el día a día ha cambiado. De que entre los esmeriles que usaba Juan, al láser con el que hoy afila los cuchillos de muchos de los hoteles de la región, hay más de un siglo de diferencia. Que ya no es tanto un lugar de encuentro para las gentes del barrio, necesitados de redescubrir el filo de sus navajas para seguir cortando el pan de cada día. Ahora sus clientes piden trabajo a granel. “Siempre habrá particulares que requieran de un buen servicio de afilado, porque no creo que llegue a inventarse el cuchillo que nunca pierda el corte”, asegura Celso. Al igual que existirán los que, ensimismados con el héroe del día, quieran emular a los personajes de ficción que desenfundan una pistola de calibre indeterminado. Aunque no dispare. En las réplicas sigue habiendo mercado. Y en el desván de una cuchillería con historia a sus espaldas, mucho trabajo por afilar.

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