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Los medios de comunicación de Cantabria, de celebración

El centenario de la Asociación de la Prensa de Cantabria se celebra cuando están abiertas todas las incertidumbres sobre el modelo de negocio y el futuro de la profesión. La historia de la institución, que corre paralela a la de los medios en los que trabajan sus socios, recoge el enorme salto dado en el siglo, pero también algunos elementos comunes con el contexto en el que nación la asociación, en 1914.

El paso del tiempo borra la distancia que existe entre los hechos y su narración –si es que existe alguna– y confunde el tiempo vivido con la forma en que este nos ha sido contado. Ese es el hilo conductor de la exposición con la que la Asociación de la Prensa de Cantabria está conmemorando su centenario, que se abrió en abril en la Biblioteca Central de Santander y que recorre la región desde entonces. Los organizadores han reunido paneles con portadas de prensa, archivos sonoros y material cinematográfico y televisivo, en una muestra que quiere probar que buena parte de los propios recuerdos están ahí, fijados en la memoria, porque los contó un periodista. Cualquiera que haya visitado la exposición podrá constatar lo acertado del planteamiento, y también el enorme salto que se ha dado en los medios y formas de comunicar durante el último siglo, y su correspondencia con los cambios en la propia profesión y en el modelo de negocio que la sustenta. Más allá de la exposición, la historia de la Asociación de la Prensa ofrece un recorrido por esos cambios, pero también constata los elementos que mantienen el vínculo entre quienes ejercían el periodismo en los meses previos al estallido de I Guerra Mundial y quienes lo hacen en la actualidad.

La Asociación de la Prensa de Cantabria quedó formalmente constituida el 13 de abril de 1914, cuando de aprobaron los estatutos y se nombró como primer presidente a José Estrañí, director de El Cantábrico. Hay que pensar que la idea vendría de más atrás en el tiempo, pero un texto publicado en el Boletín de Comercio apenas un mes antes de constituir esa primera junta da el definitivo impulso para crear la asociación. Se defendía ahí la necesidad de una institución que aglutinara a los profesionales “de la incansable pluma” y respaldara sus derechos “ayudándoles a sobrellevar estas penalidades de la vida estrecha”. Esta doble idea, la defensa de los derechos y las estrecheces económicas, nunca ha dejado de formar parte de las preocupaciones de la profesión y marca un primer punto de encuentro entre el ayer y el hoy. Desde un punto de vista formal, no hay muchos más: El Cantábrico en el que trabajaba el primer presidente ya no existe, y tampoco el Boletín de Comercio, ni La Atalaya, aunque sí El Díario Montañés. Todos forman la nómina de fundadores de la asociación, que era de la prensa en sentido estricto y que así seguiría siéndolo hasta que en 1934 comenzara a emitir Radio Santander, la primera emisora comercial de la región.

La relación de medios de comunicación y soportes técnicos ofrece un primer vehículo para acercarse a la historia del organismo que representa a los periodistas que, como no puede ser de otro modo, corre paralela a la de las empresas en las que estos trabajan. Atendiendo a ese criterio habría que concluir que ninguna época es mejor que la actual, por cuanto nunca han sido más quienes emiten información con vocación de llegar a un público masivo. El número, de hecho, es difícilmente cuantificable, algo en lo que tiene mucho que ver la irrupción de Internet, y algo menos –aunque también– la proliferación de radios que emiten al margen de las autorizaciones administrativas. Ambos fenómenos tienen que ver con la democratización del acceso a los medios técnicos, que también puede rastrearse en el abaratamiento de los costes de impresión, pero nada de todo ello se ha traducido en una mejora de la rentabilidad de las empresa, inmersas en una doble crisis, económica y de modelo de negocio.

En lo que toca más directamente a los medios y a sus vínculos con la Asociación de la Prensa, ningún otro episodio tiene mayor relevancia que la Hoja del Lunes de Santander. Al igual que sucedía en otras asociaciones de periodistas españolas, la de Cantabria se convirtió a partir de 1935 en editora de esta publicación, un periódico que llegaba a los quioscos el primer día de la semana, cuando el descanso dominical de los periodistas dejaba a los lectores sin un diario que echarse a los ojos.

Hoja del lunes

Entre el año de su fundación y la salida de su último número, el 9 de julio de 1984, la Hoja del Lunes se convirtió en una magnífica fuente de financiación para la Asociación de la Prensa y también, por momentos, en una de las voces más relevantes del panorama periodístico de la región. Lo primero tuvo consecuencias curiosas, como las restricciones que se ponían a los aspirantes a asociarse, que tenían menos que ver con el celo a la hora de valorar capacitaciones profesionales como con el cuidado del reparto de los dividendos. De lo segundo, de la relevancia del medio, pueden hablar los autonomistas, que encontraron en la Hoja del Lunes que dirigía Juan González Bedoya uno de los principales cauces para expresarse durante los primeros años de la Transición. Todo acabó cuando el recién privatizado diario Alerta decidió sacar su propia edición de los lunes, una decisión en la que rápidamente fue secundado por El Diario Montañés. La Hoja santanderina, como las que había en el resto de España, lanzó entonces su número de despedida.

Aunque nada tienen que ver las circunstancias actuales, la desaparición de aquel periódico trae a colación el destino que muchos auguran al papel impreso y a los periódicos tal y como hoy los conocemos. Poner en cuestión al que ha sido principal soporte para la información a lo largo de buena parte del último siglo ha sido uno de los principales efectos de la llegada de Internet, por más que estos alcancen a todos y cada uno de los medios. El canal digital borra la tradicional distinción entre prensa, radio y televisión, asume las funciones de todos ellos y lanza una catarata de interrogantes sobre la forma que tomará el negocio de la información de aquí en adelante.

Además de romper las técnicas, Internet también ha dado una nueva dimensión al tradicional debate sobre quién es, o deja de ser, periodista. Es esta otra de esas cuestiones que entronca con los orígenes de la asociación, que ha alimentado controversias a lo largo de toda la existencia de esta y que hoy en día, con la llegada de las redes sociales y con la idea del periodismo ciudadano ofrece perspectivas sorprendentes. No es un desafío menor ni de fácil respuesta pero, como sucede con la proliferación de medios, confirma el atractivo de una actividad que ha dibujado los recuerdos de varias generaciones, con el trabajo de profesionales hechos a convivir con las penurias económicas. Un atractivo que es la cara y la cruz del periodismo.

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