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Recuerdos en sepia

Abrió sus puertas hace más de 100 años. En sus primeros pasos dedicó una esquina de su droguería a vender productos químicos para profesionales de la imagen. Hoy, Zubieta se ha convertido en un tienda de fotografía que pese a seguir siendo familiar ha sabido aprender de la edad de cada generación.

Texto de Juan Dañobeitia. Publicado en febrero 2006.

Hacer memoria es, en ocasiones, un esfuerzo baldío contra recuerdos que se agolpan. Difuminados, oscuros, rayados por el paso de los años. Siempre fue mejor conservarlos entre las cuatro paredes de una fotografía. Capturarlos de por vida y hacerlos infinitos. Pulsar el botón justo en el momento en que la mejor sonrisa, las sombras adecuadas y las personas y lugares elegidos se encuadran en un momento que pasará a alojarse en un papel.

Como la imagen que recuerda a aquella Semana Santa en que los pasos cruzaron la plaza Libertad y que, en su eterna procesión, caminaron frente a la fachada de la droguería de Pedro Zubieta Fernández, enclavada en el número cinco de la que por aquel entonces se hacía llamar calle Wad–Ras. Un entonces que tuvo que ser años después de 1905, año en que Pedro Zubieta decidió abrir un negocio paralelo a su trabajo de siempre como profesor en la escuela de magisterio de Santander.

Fotografías en una esquina

Transcurrió un tiempo en que la fotografía no era sino un complemento, una esquina en que se despachaban productos químicos y material para profesionales. Entre su clientela estaba el estudio de Los Italianos, encargados de retratar, entre otros, a la familia real en sus veranos en Santander; Claudio Gómez, Benjamín Gómez, Aniceto… Los pioneros, al cabo, de la captura de imágenes en la capital cántabra.

Pero no fue hasta el año 1918 cuando aquel comercio apostó de pleno por esta actividad, fecha en que entró en el negocio, desde aquel momento familiar, Álvaro Zubieta, hijo de Pedro. Se sabían incapaces de cuadrar los balances apostando únicamente por la fotografía, no obstante comenzaron a proliferar los leiqueros, los minuteros… Pasaron las mismas penurias que cualquier santanderino que sufriera la devastación del incendio. Máxime cuando la ciudad apenas comenzaba a recuperarse de la guerra civil.

Facturas quemadas recuerdan los vestigios del pasado. Años en los que nacía el carrete. La fotografía comenzaba a hacer furor entre las clases sociales medias y, ocho años después de las llamas, entraba en aquel portal de la entonces conocida como plaza José Antonio, el nieto de Pedro Zubieta, Álvaro Zubieta Hervás. Para entonces, el fundador de esta saga de pequeños comerciantes había muerto.

Mantuvieron en un mismo local productos de droguería, perfumería, fotografía e incluso bellas artes –como pinceles, colores, lienzos…– durante las décadas en que padre e hijo coincidieron detrás del mostrador. Apellidos emblemáticos, como Riancho, Cossío, Gutiérrez–Solana, Gruber, Orallo… se convirtieron en clientes habituales.
Durante la etapa en que la tercera generación de Zubietas estuvo al frente del negocio, pocos fueron los cambios tecnológicos a los que tuvo que hacer frente. La explosión de las cámaras réflex, de los revelados rápidos y poco más. Pero hubo un hecho que Antonio Zubieta Hervás guarda con grato recuerdo: “Este local de la plaza Pombo estaba en alquiler, un subarrendamiento que, una vez yo me jubilara, dejaría de tener vigencia. Aquello me resultaba muy incómodo, porque le plantearía problemas a mis hijos. Así que decidí negociar con los propietarios y comprar la mitad del local. Tal vez antes fuera un negocio más amplio, pero ahora es nuestro, algo que me llena de orgullo”.
Como también suyo era aquel segundo Zubieta, enclavado en la calle General Dávila. Al frente estaba, como no, uno de los tres hijos de Álvaro. La cuarta generación. Sin embargo, tuvo que dejar aquella aventura de ‘expansión’ porque en la tienda de Pombo el trabajo se acumulaba.

Una tienda en la que, como bien recuerda Álvaro Zubieta Hervás, sí supieron acomodarse a los nuevos tiempos. “De no haber sido por ellos, posiblemente habría tenido que cerrar ya que el adaptarnos a la era digital ha sido obra de mis hijos. Siempre han sabido estar a la última, asistiendo a ferias, a cursos. Todo lo que fuera necesario para prestar al cliente el mejor servicio. Hay que tener en cuenta que gracias a Internet cualquier persona sabe qué quiere, cómo lo quiere y, prácticamente, tiene los mismos conocimientos que los profesionales”.

Han pasado 101 años desde aquella primera droguería, la de Pedro Zubieta Fernández, en la que se vendían productos químicos destinados a la fotografía. Más de un siglo en el que tuvieron que afrontar fuego, posguerra, cambios de eras tecnológicas. Relevos generacionales que han sabido adaptarse. Cambiar con el paso del tiempo. Despojarse de mercados que, pese a que abrían las puertas a clientes ilustres, dejaban tras de sí un poso a romanticismo que se antojaba caro.

Ya no hay pinceles. Ni productos de belleza. No hay perfumes ni pinturas ni lienzos. Apenas quedan carretes. Los sobres en que al cliente se le devolvían sus recuerdos de 13×18, se han sustituido por la insoportable frialdad de los cedés. Renovarse o morir. “Tengo seis nietos y espero que alguno de ellos se decida por seguir con la tienda otros cincuenta años más”. Y lo dice el nieto del fundador, 55 años después de su primer día de trabajo.

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