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Una cuestión de brillo

La existencia de yacimientos de trípoli en Castro Urdiales y la capacidad de la empresa para adaptarse a los cambios del mercado han convertido a Herrán y Díez en una referencia dentro del sector de fabricantes de pulimentos

Texto de Jose R. Esquiaga @josesquiaga .  Publicado en febrero 2001

Además de romper todos los récords de crecimiento urbano y de llevar a gala su condición de marinera, la más oriental de las villas cántabras puede presumir de contar con una materia prima que prácticamente sólo existe en su suelo. Aunque comparte denominación con la capital de Libia, el trípoli –que así se llama el fenómeno– es un abrasivo utilizado en todo el mundo y que sólo se extrae de yacimientos de Estados Unidos y de las canteras que explota en Castro Urdiales la centenaria firma de Herrán y Díez. Fundada en 1893 por Estanislao Herrán y Manuel Díez, la empresa no ha permanecido al margen de los vaivenes del mercado a pesar de contar con la indiscutible ventaja de su fácil acceso a un material casi exclusivo.

Más de un siglo después del inicio de la actividad, y todavía propiedad de descendientes de los fundadores, Herrán y Díez es hoy un grupo empresarial que continúa explotando el trípoli pero que, sobre todo, ha extendido su campo de actuación hasta cubrir la práctica totalidad de las necesidades de la industria en materia de pulimentos, curiosamente un mercado en el que los fundadores no pensaron cuando pusieron en marcha la compañía en la última década del siglo XIX. La empresa se dedica en un primer momento a la fabricación de baldosas y azulejos, y sólo cuando descubren las cualidades abrasivas del material con el que se trabaja empiezan a pensar en nuevas aplicaciones para su materia prima. Esa capacidad de adaptación va a ser una constante a lo largo del discurrir de los tiempos, convirtiéndose en una seña de identidad que va a ser más importante, si cabe, que la afortunada presencia de trípoli en tierras castreñas.

Estanislao Herrán y Manuel Díez se afanaron en la búsqueda de usos industriales al limpiador de metales fabricado a partir del trípoli, abasteciendo a la boyante industria metalúrgica que por entonces se desarrollaba en el norte de España y, más concretamente, en el cercano País Vasco. El conocimiento del mercado de pulimentos que se produce en las primeras décadas del siglo va a desembocar en 1917 en la asociación con Grauer y Weil, una empresa francesa –las industrias del país vecino dominaban por entonces el mercado– que va a ser decisiva en el despegue tecnológico de los castreños y en la apertura de nuevos mercados para sus productos. La colaboración va a dar sus frutos a lo largo de cuatro décadas, hasta el punto de que cuando se deshace la asociación en 1964, Herrán y Díez es líder nacional en fabricación de productos para el pulimento.

La empresa castreña cuenta para entonces con una gama de producto que incluye pastas para el tratamiento de cualquier metal, con lo que el trípoli, un abrasivo adecuado para el cobre o el aluminio pero no adecuado en metales férricos, deja de ser la materia prima fundamental de la empresa. Paralelamente a su actividad industrial, la empresa castreña va a aprovechar la riqueza de sus yacimientos para abastecer de trípoli al mercado internacional, explorando al mismo tiempo nuevas aplicaciones  para el producto extraído. Fruto de esta última estrategia fue la puesta en marcha de Productos Cerámicos y Refractarios, una empresa filial que durante medio siglo, hasta que la crisis de los setenta destruyó su mercado, abasteció a la industria siderúrgica del País Vasco. También derivada de su actividad extractiva fue la puesta en marcha de la sección de tierras industriales, en la que se secan y muelen minerales con destino a terceros.

Adaptación a los cambios

La ya comentada capacidad de adaptación de la empresa castreña se pone de manifiesto en circunstancias como las anteriores y, en general, con la simple constatación de su difícil supervivencia como proveedora de un sector sacudido por cíclicas crisis y reconversiones. La empresa ha encontrado siempre sus mejores clientes en la industria cubertera, un sector que a partir de determinado momento queda en manos de tres compañías ­–Joyería y Platería de Guernica (JYPSA), Magefesa y Cruz de Malta– a las que se destina la mayor parte de la producción de Herrán y Díez. En ese contexto es fácil comprender la repercusión de crisis sobradamente conocidas en Cantabria –como la de Magefesa en los primeros años de la pasada década– en la actividad de la fábrica castreña. En otras ocasiones es difícil saber si los cambios en el mercado se producen por la aparición de nuevos materiales o por simples avatares de la moda: la proliferación de cromados en los coches de los setenta –de acuerdo con la discutible estética de la época– convirtió a la industria automovilística en una de las principales receptoras de pastas para pulir metales. La posterior irrupción del plástico en este sector redujo de forma drástica esa demanda, abriendo paralelamente un campo para otros pulimentos que actualmente se invesigan en la empresa cántabra.

De cara al futuro, los actuales responsables de Herrán y Díez, con Hermann Díez del Sel a la cabeza, trabajan en la búsqueda de nuevos mercados en los que asentar el crecimiento futuro de la empresa. Cubierto prácticamente todo el arco de productos para el pulimento –además de las pastas se fabrican discos y herramientas– la estrategia futura pasa por la búsqueda de nuevos clientes, una vez constatada la madurez del mercado tradicional para estos productos. En este sentido las miras están puestas en Iberoamérica, precisamente una de las pocas zonas del globo a las que –por su proximidad con los yacimientos de Estados Unidos– nunca llegó el trípoli extraído de las canteras castreñas. La experiencia y la calidad conseguidas tras más de un siglo trabajando con los pulimentos hace pensar que se consiga abrir esos mercados al producto fabricado en la planta de Castro Urdiales, haciendo posible lo que no pudo lograrse en su momento con la materia prima.

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