Los viticultores cántabros desafían las limitaciones del terreno y la climatología, especialmente desfavorable en la campaña actual, mientras se apoyan en el turismo para impulsar el crecimiento del sector. Aunque Liébana sigue siendo la comarca más conocida por su tradición en la elaboración de vino, es la indicación geográfica protegida (IGP) Vino de la Costa de Cantabria la que concentra el mayor volumen de producción y más ha impulsado su comercialización.
Ana Bringas | Noviembre 2024
Es casi imprescindible en la celebración, protagonista en el brindis y un acompañante excepcional para maridar las comidas más deliciosas. El vino atrapa el sabor de la uva y lo convierte en un producto que habla por sí mismo sobre su elaboración. El cántabro, en particular el que se formula bajo la indicación geográfica protegida (IGP) Vino de la Tierra Costa de Cantabria, nace entre las montañas y las olas, desafiando al caprichoso clima de nuestra región con la ayuda esencial de los pequeños productores que miman y protegen cada racimo de las inclemencias meteorológicas que experimenta el área de producción delimitada para su elaboración y sus consecuencias.
No todas las variedades obtienen ese sello de categoría que otorga la Oficina de Calidad Alimenticia de Cantabria (Odeca) para considerarse como IGP, de hecho los viñedos deben cumplir con un estricto pliego de condiciones para incluirse en la lista, y tampoco es más sencillo lograr comercializar su producción. Este reconocimiento protege la calidad de los vinos y apoya a los productores que continúan revitalizando la tradición vitivinícola en una región donde el esfuerzo humano es indispensable para afrontar las dificultades marcadas por el clima, las limitaciones de espacio y el mercado.
La zona comprendida para el Vino de la Tierra Costa de Cantabria se emplaza entre el mar y los valles interiores de influencia atlántica hasta la cota de 600 metros. De allí emergen vinos en su mayoría blancos y muy frescos, con aspecto limpio y brillante. Son mostos de una moderada graduación alcohólica y un equilibrio adecuado entre alcohol y acidez que conlleva una baja concentración en azúcares. Esta IGP autoriza variedades de uva en su mayoría blancas como Albariño, Chardonnay, Godello, Ondarribi Zuri, Riesling, Gewurtz Traminer y Treixadura (blancas), sin embargo también admite el tinto de Ondarribi Beltza.

Labores de vendimia en los viñedos de la Bodega Vidular, una de las pioneras en la elaboración del vino de la IGP Costa de Cantabria. Foto: Nacho Cubero.
La tradición del cultivo de vid en Cantabria se remonta al siglo XII. Desde entonces, los viticultores se han enfrentado a numerosos obstáculos, aunque las últimas dos décadas han sido claves en el desarrollo del sector. El origen real está en los monasterios y las familias locales que producían vino para el consumo doméstico y litúrgico. Hoy en día, gracias a la IGP, la región ha podido profesionalizarse con vinos que capturan la esencia de la tierra cántabra y, pese a que llegar al mercado es una tarea ardua, los consumidores alaban la producción de Cantabria en esta materia que juega también con el enoturismo para llamar la atención sobre sus vinos.
Los datos de la producción vinícola en España
De las 17 comunidades autónomas que conforman España –más sus dos ciudades autónomas– 12 producen vino con indicación geográfica. La que más variedades elabora es Andalucía, con 16 tipos; seguida por las Islas Baleares, con 6; y Aragón y Galicia que empatan en cinco clases de vino. El resto, Castilla la Mancha, Castilla León, Extremadura, La Rioja, Murcia, Navarra, Valencia y Cantabria producen entre una y dos variedades bajo indicación geográfica protegida. En el caso de nuestra región, son el Vino de la Tierra Costa de Cantabria y el Vino de la Tierra de Liébana, que juntos sumaron en la última campaña 1.575 hectolitros (hl) de producción.
Los datos de 2022/2023 a nivel nacional revelan un descenso del 12,64% respecto a la temporada 2021/2022, siendo las IGP de Castilla (1.314.128 hl), Extremadura (197.744 hl) y Castilla y León (177.513 hl) las que más volumen han comercializado correspondiendo un 73,74%, un 11,10% y un 9,96% respectivamente del total, cifrado en 1.782.065,81 hl. Del mismo informe del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación se desprende que en cuanto a comercialización predomina el vino tinto (48,80%), seguido por el blanco (41,17%), mientras que el vino rosado representa el 9,81% de la producción.
Poniendo el foco en el Vino de la Tierra Costa de Cantabria, los registros indican que el año pasado eran 23 los viticultores que cosechaban dentro de esta IGP, y lo hacían en una superficie de 57 hectáreas, es decir, 570.000 metros cuadrados. Sin embargo, los últimos datos muestran que ya son 24 los viticultores en esta modalidad y 11 las bodegas que consiguieron producir en la campaña 2022/2023 1.385 hectolitros de vino blanco que fueron destinados de manera íntegra a comercialización interior, sobre todo en la misma región, lo que se traduce en un valor económico de 1.108.000 euros. Con todo, es la séptima IGP con mayor número de bodegas en España.
La IGP Vino de la Tierra Costa de Cantabria es la séptima con mayor número de bodegas en España, con 11.
Mucho más pequeña es el área donde se cultivan las vides destinadas a la IGP Vinos de la Tierra de Liébana: 15 hectáreas, aunque son 25 los agricultores y 5 las bodegas que pertenecen a este grupo. Aunque la denominación es más popular, la producción obtenida es mucho menor con 190 hectolitros en la temporada pasada como fruto del área de producción que se encuentra delimitada por los términos municipales de Potes, Pesaguero, Cabezón de Liébana, Camaleño, Cillorigo de Liébana y Vega de Liébana. De dichos terrenos nacen vinos tintos, frescos, de aspectos limpios y brillantes, sabrosos y equilibrados, con un adecuado equilibrio entre alcohol y acidez y de color intenso. En este caso, de los 190 hectolitros, únicamente 63 se comercializaron –59 de tinto y 4 de blanco–, también en mercado interior resultando en un valor económico de 80.375 euros.
Cantabria no comercializa su vino con indicación geográfica fuera del territorio nacional, de hecho, del total de la producción de vino en IGP en España solo el 27% se destina a comercialización más allá de nuestras fronteras, siendo la Unión Europea el principal destino con Alemania a la cabeza, seguido por Holanda y, en tercer lugar, Japón se cuela en la lista de compradores de vino español, aunque no cántabro.
El crecimiento de la IGP Costa de Cantabria
Si nos remontamos 10 años atrás, a la campaña 2012/2013, el vino Costa de Cantabria abarcaba una superficie de 40 hectáreas en las que trabajaban 14 viticultores, 10 menos que hoy en día; y 8 bodegas frente a las 11 actuales que consiguieron elaborar en aquel entonces 1.494 hectolitros de vino blanco, 109 más que en la última temporada en la que el tiempo jugó, como de costumbre, un papel protagonista en la cosecha. No obstante, pese a la mayor producción, solo se comercializaron 556 hectolitros, todos ellos en mercado interior con valor económico de 444.520 euros. En este sentido, se denota una mejora en la introducción del vino en el mercado en la última década ya que al confrontar los datos destaca que en 2023 se comercializó el total de la producción con un valor nacional de 1.108.000 euros.
En el caso del Vino de Liébana, y de acuerdo al informe, se ha dado un aumento en el número de viticultores y bodegas, pero un descenso en la producción. En 2013 esta IGP contaba con un único viticultor con 7 hectáreas y 3 bodegas, y una producción de 655 hectolitros de vino tinto de los que se comercializaron 312, con un valor económico en el mercado nacional de 374.880 euros. En 2023 el dato desciende hasta los ya apuntados 80.375 euros por los 190 hectolitros que llegaron al mercado.
Lo que queda claro es que, si bien los productores están a merced de la meteorología, el mercado ha recibido un impulso en los últimos años gracias a los esfuerzos de promoción y marketing de Cantabria y sus productos. “Cantabria está de moda”, lo dice Asier Alonso, de Bodegas Sel D´Aiz, emplazadas en Corvera de Toranzo desde 2009. El espaldarazo al turismo en la región, y por ende también al enoturismo, despierta el interés de los aficionados de los vinos por los que se elaboran aquí.
Limitaciones administrativas al crecimiento
A pesar de ello, son las restricciones administrativas el principal obstáculo para que negocios como el de Asier puedan rentabilizar la producción de sus vinos con Indicación Geográfica Protegida. “No sabemos cuánto vamos a poder crecer por las limitaciones de disponibilidad de superficie para plantar viñedos, el futuro es un poco incierto. Va a ser muy complicado que personas que hasta ahora han sido ajenas al sector puedan introducirse en él, ya que se priorizan las solicitudes de los que ya tienen superficie con vides. Yo soy partidario del crecimiento paulatino y equilibrado en función de la demanda”, apunta.
Del mismo modo, Asier Alonso, que es miembro de la reciente asociación empresarial de productores Cantabria Brinda, impulsada por la Oficina Agroalimentaria de la CEOE-Cepyme, destaca como otra opción de apoyo la elaboración de mostos fuera de la IGP: “Que la filosofía de tu negocio sea trabajar con vinos amparados por la Indicación Geográfica Protegida de Cantabria no quiere decir que en un momento dado no puedas producir otros vinos en tu bodega para hacer sostenible tu proyecto”, y añade que el enoturismo supone una “fuente de crecimiento sólida” para el sector.

Mikel Durán, director de Bodegas Vidular. Foto: Nacho Cubero.
Algo, esto último, que bien saben desde Bodegas Vidular, una empresa que se originó en 1999, cuando la familia Durán, pionera en el sector en Cantabria, decidió plantar vides en la zona oriental de la región. En la actualidad, ya consolidados, cuentan con tres referencias: el blanco Ribera del Asón, el Cantabricus y el brut albariño Cantabricus, un espumoso en el que han invertido tres años de pruebas. Tienen en explotación 9 hectáreas repartidas entre las localidades de Voto, Solórzano y Bárcena de Cicero, a las que se suman sus instalaciones de turismo rural donde desarrollan actividades de enoturismo.
Tal y como explica Mikel Durán, desde el principio tuvieron claro que el turismo vinícola era una apuesta necesaria y segura. “Organizamos visitas unos 360 días al año y también ofrecemos la posibilidad de quedarse en los alojamientos rurales entre los viñedos. Aquí tenemos la dificultad de la climatología, y eso nos da seguridad”, explica el director de Vidular, que destaca lo que esa diversificación aporta en términos estratégicos: “Los números en el mundo del vino se echan cada cinco años, puedes tener varias campañas consecutivas maravillosas, pero seguro que una te viene con una granizada. En esos casos el apoyo de las visitas y los alojamientos es esencial para poder vivir del negocio”.
El desarrollo de su empresa fue lento pero seguro, arrancaron con tres hectáreas y obtuvieron sus primeras cosechas en 2004, desde entonces mantienen a sus primeros clientes. “Nos hicimos un hueco por el factor sorpresa”, relata Durán, quien también subraya los cambios que se han producido desde entonces en la forma de consumir, y los vínculos con lo local: “Estamos viviendo una revolución gastroalimentaria que nos beneficia. Los turistas van en busca de sensaciones y sabores que llevarse en el recuerdo, por eso nosotros queremos vender en Cantabria, no en Nueva York ni en Hong Kong. Nuestra supervivencia es gracias a la respuesta de los hosteleros cántabros y les estamos eternamente agradecidos”.
El proyecto de Juan de Miguel
En otro punto está el proyecto de Juan de Miguel. El empresario, conocido por presidir el grupo de construcción SIEC, cuenta entre sus negocios con empresas de servicios, hostelería y hotelería, en las que ya ha implementado el albariño producto de su incursión en el sector del vino en la IGP Costa de Cantabria. Así, cuenta desde 2017 con una pequeña plantación de viñedo de dos hectáreas emplazada en Novales, en la localidad de Alfoz de Lloredo donde previamente cultivó kiwis. Aprovechando la instalación existente para dichos árboles, colocó vides en espaldera, que, al estar alejadas del suelo, dificultan la aparición de enfermedades endémicas de la planta desencadenadas por la humedad. “Esa es nuestra particularidad”, detalla. En su caso, al cubrir únicamente la función de viticultor, la cosecha se convierte en vino embotellado con la colaboración de la Bodega Bahía de Santander en Castanedo. Por el momento, no contemplan elaborar vino para su venta, aunque sí han recibido numerosos piropos por parte de quienes ya han probado el vino en los diferentes negocios del empresario. “El vino tiene buena calidad porque la tierra de Novales es muy rica en minerales y eso la uva lo refleja”, describe, y deja abiertas las posibilidades que pueden abrirse en el futuro para sus vinos: “De momento vamos a seguir con lo que tenemos y, si se consolida, veremos si merece la pena seguir ampliando la producción”.

Juan de Miguel, presidente del Grupo SIEC, en el viñedo donde cultiva uvas de la variedad albariño. Foto: Nacho Cubero.
La vendimia este año no ha sido la mejor. Las condiciones idóneas para conseguir una buena producción son las estaciones marcadas: inviernos fríos, primaveras templadas y veranos calurosos. En temporadas como esta, en las que los días estivales brillan por su ausencia, los hongos proliferan en las vides y los viticultores se ven obligados a doblar sus esfuerzos –y sus inversiones– para aplacarlos o mitigar su efecto. “Así nos damos cuenta de que en los años malos también podemos hacer vino, pero los costes se triplican”, lamenta Mikel Durán. Con todo, su proyección a futuro es halagüeña. Seguirán confiando en la relación cercana con los clientes y la venta en bodega para fidelizarlos, aunque, para los hermanos Durán, el objetivo va más allá de eso: “Esto es un modo de vida, no nos mueve tanto el fin económico, aquí encontramos un bienestar que otros negocios no te dan”. Aunque el camino no es sencillo, el sector sigue evolucionando con proyección de futuro, mostrando que el vino blanco cántabro merece un hueco en el mercado pese a su aún extendido desconocimiento que va borrándose gracias a la creciente demanda de experiencias gastroalimentarias en la región y el impulso de la asociación entre empresarios.