Corazón de papel
El torrelaveguense Antonino Fernández fundó en los primeros años del siglo XX una imprenta, librería y papelería que superó los avatares de la centuria a costa del cierre de los talleres de artes gráficas
Texto de Jose Ramón Esquiaga @josesquiaga . Publicado en abril 2001
Hubo un tiempo en que las artes gráficas hacían honor a su nombre, de tal modo que quienes poseían el secreto del plomo de las linotipias se convertían en profesionales tan ligados a la actividad urbana como pudiera serlo el herrero en una pequeña población rural. Una época que fue quedando atrás y a la que los ordenadores terminaron por poner el definitivo punto final: a partir de ahí sólo quedaba incorporarse al carro informático o morir. La vieja imprenta de Antonino Fernández, estrechamente ligada a la industrialización de Torrelavega, optó en los primeros años de la década de los noventa por echar el candado a los talleres como único medio para, paradójicamente, dar continuidad a una empresa que por entonces iniciaba su novena década de actividad. Desde el mismo momento de la fundación, en los primeros años del siglo XX, Antonino Fernández no había limitado su actividad a la tipografía, sino que había simultaneado ésta con la venta de libros y de todo tipo de material de papelería. Con el paso de los años lo que fue un negocio complementario del principal fue ganando importancia hasta tomar el definitivo relevo cuando el correr de los tiempos llevó al cierre de la imprenta. Hasta ese momento, librería y talleres compartieron los mismos espacios, siempre en las calles céntricas de Torrelavega, hasta asentarse, hace ya más de medio siglo, en su actual ubicación de la plaza Ángel Menéndez.
Caminos paralelos
Ambos negocios, al margen del parentesco más o menos cercano entre lo que uno fabricaba y el otro vendía, corrían caminos paralelos que se traducían en clientes y trabajos tan distintos como pueda hacer suponer los diferentes sectores en los que operaban, industria el uno y comercio el otro. Si la imprenta encontraba sus clientes entre las principales industrias de la comarca, e incluso en bancos de todo el país, la librería iba ganándose un nombre entre los escolares torrelaveguenses, encontrando acomodo para una buena porción de sus ventas en las tiendas rurales –esas en las que siempre había de todo– de los pueblos del interior. La complejidad del oficio de impresor, y el éxito de la que era sin duda la primera imprenta torrelaveguense, hizo que el taller de Antonino, regentado por sus hijos desde los años cuarenta, llegará a dar empleo a medio centenar de trabajadores. La imprenta fue pionera en la introducción de máquinas automáticas y se convirtió en proveedora habitual de Sniace, Solvay o el Banco Español de Crédito, para cuya sede madrileña salían periódicamente camiones llenos de impresos. En la década de los ochenta la llegada de los ordenadores y de nuevas técnicas de reprografía puso coto al ingente consumo de papel impreso que se hacía en las impresas y terminó con la que era principal fuente de pedidos para la empresa. La imprescindible reconversión del negocio –que hubiera obligado a una fuerte inversión para cambiar su estructura– coincidía en el tiempo con el salto a la tercera generación familiar, dos factores que terminaron por dictar sentencia de cierre para la imprenta y llevaron a una refundación de la empresa que operaría a partir de entonces sólo como Papelería y Librería Fernández.
Otros tiempos
Sin pasar por los traumáticos cambios operados en los talleres, la librería de Antonino –conocida aun hoy con ese nombre en Torrelavega– ha recorrido todo el siglo XX adaptándose a los diferentes hábitos de compra dictados por modas y mercados, sufriendo una transformación no muy lejana a la de la imprenta. De entrada, y es algo común con cualquier comercio, el casi infinito surtido de producto marca una primera distinción, acompañada por otra no menos importante: el regalo ha ido ganando peso en perjuicio de la propia papelería y, sobre todo, de la librería. Ningún ejemplo ilustra mejor ese cambio que el material navideño, fundamentalmente las figuras de los belenes, que se convierte en uno de los principales reclamos de la librería cuando llega diciembre, consiguiendo un éxito del que da buena cuenta el hecho de que ese producto se venda a clientes americanos a lo largo de prácticamente todo el año, gracias a un boca a boca que se ha extendido entre la colonia montañesa de esos países.
Pese al auge del regalo, el respeto a la historia, y el propio convencimiento de la tercera generación de los Fernández, mantiene a la librería y papelería como eje central del negocio. Si no hace tantos años los escolares iban al colegio con una mochila heredada de sus hermanos, una libreta para todo el año y un par de bolígrafos y lapiceros, hoy la conjunción entre moda y necesidad ha disparado el consumo de material de papelería entre los más pequeños. Lamentablemente no sucede lo mismo con los libros, donde sólo la obligación de los estudios incide sobre la demanda. La guerra del libro de texto llevó hace años a la Librería Fernández a dejar de comercializar un producto que dejaba escaso margen y nulas satisfacciones. En la demanda del resto de libros se ha dado también un giro que ha llevado a los autores clásicos –antaño los grandes protagonistas de las ventas– a poco menos que el baúl de los recuerdos en beneficio de los escritores que, por aquello de la publicidad, están más cercanos al gran público. Una excepción confirma la regla, según explica Javier Fernández, nieto del fundador y actual cabeza visible de la tienda: los autores que tocan temas locales y regionales. Hoy como ayer, el gusto por conocer mejor lo propio convierte a esos libros en los auténticos best-sellers de la librería de Antonino, si es que el fundador nos da permiso para utilizar un término que, por fuerza, le resultaría muy extraño.