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La complicada alternativa agraria

La estructura del territorio de Cantabria, con los terrenos más fértiles en disputa por otras ocupaciones, limita enormemente la capacidad de la región para la producción agrícola. La imposibilidad de competir con grandes volúmenes obliga a buscar cultivos que destaquen por su calidad y valor añadido, una labor que ocupa buena parte de la labor del Centro de Investigación y Formación Agrarias (CIFA), el organismo dependiente de la Consejería de Medio Rural encargado de testar la viabilidad de producciones que puedan complementar la actividad ganadera. Todos los proyectos que se ponen en marcha, explican sus responsables, buscan ser aplicables cuanto antes.

Texto: J. Carlos Arrondo Fotos: Nacho Cubero

Su tradicional dependencia de la ganadería, especialmente del vacuno de leche, ha hecho que el sector primario cántabro cada vez fuera más frágil y vulnerable. La progresiva crisis ganadera ha dado forma al convencimiento de que es necesario fomentar alternativas para apuntalar y apalancar la economía agraria a través de otras vías. Estas pasan fundamentalmente por la diversificación, empeño en el que la agricultura parece tener un importante papel que jugar. En el proceso de promover iniciativas y poner en marcha innovaciones que impulsen la actividad agrícola, cobra especial importancia la labor del área de hortofruticultura  del Centro de Investigación y Formación Agrarias (CIFA) –dependiente de  la Dirección General de Ganadería y Desarrollo Rural de la Consejería de Medio Rural, Pesca y Alimentación–  dirigida a buscar las mejores alternativas, adaptadas al medio y con un alto grado de calidad.

El territorio cántabro es pequeño y, en buena medida, montañoso. Los terrenos de fondo de valle, los más fértiles e idóneos para el cultivo, son también los más apreciados para la ampliación de las zonas urbanas, para la instalación de polígonos industriales o para la construcción de infraestructuras y vías de comunicación, por lo que cada vez son más disputados. “Los terrenos óptimos para el sector agrícola son menos del 6% de la superficie de Cantabria y en descenso continuado. Salvo en la zona del sur, llana y con una despoblación importante, donde hay terreno disponible, en el resto de Cantabria las producciones necesariamente tienen que ser pequeñas”, advierte Benito Fernández, jefe de servicio de Agricultura y Diversidad Rural del Gobierno de Cantabria. La imposibilidad de competir con grandes volúmenes obliga  a hacerlo con productos que destaquen  por una alta calidad: “Es lo que vamos buscando desde hace años. Ahí están las prospecciones de nuevos productos, nuevas semillas, formas de producción ecológica, etc, que pueden tener un valor añadido en el mercado”.

A diferencia de los centros del CSIC o de las universidades, dedicados a la investigación básica, el CIFA forma parte de la red de centros de investigación agraria aplicada que hay en las comunidades autónomas. Benito Fernández precisa que, por su reducido tamaño y escaso personal, debe focalizar mucho el objeto de sus actividades: “Tenemos que alejarnos de la investigación básica, pero además tenemos que hacerla aplicada a nuestras condiciones, que son muy distintas a las que tienen, por ejemplo, en Andalucía. Todos los proyectos que ponemos en marcha tienen la finalidad de ser aplicables en cuanto se pueda”. Dada la importancia del sector ganadero, una parte significativa de las líneas de investigación del centro está relacionada con la producción de leche y carne de vacuno, pero en torno al año 2000 se produjo un cambio de orientación que ha llevado a que los proyectos en el área hortofrutícola fueran teniendo más presencia. “Uno de los ejes fundamentales del CIFA es la diversificación, encontrar alternativas que puedan reequilibrar la economía agraria en Cantabria”, indica el jefe de servicio de Agricultura y Diversidad Rural.

Los primeros proyectos agrícolas acometidos bajo la estrategia de diversificación fueron la vid y el arándano, dos cultivos que, partiendo prácticamente de cero, en pocos años experimentaron un gran crecimiento. En 2001 apenas había 34 hectáreas de viñedos registradas en Cantabria, prácticamente todas en Liébana y dedicadas a la producción de un orujo de poca calidad. “Cuando empezamos con los desarrollos experimentales se anduvo mucho en poco tiempo. En 2012 ya teníamos caracterizadas y tipificadas variedades, dos denominaciones de calidad de Vinos de la Tierra, que luego son Indicación Geográfica Protegida, y doce bodegas, que ahora son unas dieciséis”, recuerda el responsable de Agricultura y Diversidad Rural. Según el Registro de Explotaciones Agrícolas, actualmente hay 166 explotaciones y una superficie cultivada de viñedos de unas 122 hectáreas. Benito Fernández aclara que no sólo ha aumentado la cantidad, sino también su rendimiento y calidad: “Es viñedo en producción. Las variedades han mejorado, se cosecha cuando hay que hacerlo, el vino lo elaboran enólogos y empieza a ganar premios internacionales. La producción sigue siendo pequeña, pero es otro mundo”.

La otra gran iniciativa en diversificación fue investigar las opciones que ofrecía el cultivo del arándano en Cantabria. Las perspectivas eran buenas y llegó a aparecer alguna iniciativa privada que facilitaba el montaje de una explotación ‘llave en mano’, aspectos que favorecieron un ‘boom’ traducido en que, de no haber cultivo de arándanos, se ha pasado a las 155 hectáreas actuales. Benito Fernández lamenta que se introdujeran personas sin los conocimientos necesarios y que ahora, cuando se tienen que enfrentar a pérdidas por plagas y enfermedades o a una evolución del negocio distinta a la esperada, se muestran desencantadas: “Muchas entraron sin ninguna experiencia previa y sin haberse preparado adecuadamente. Ni en el cultivo, ni en la recogida, ni en la comercialización”.

Eva María García Méndez, investigadora responsable del área hortofrutícola, en uno de los inveraderos en los que el Centro de Investigación y Formación Agrarias (CIFA) trabaja en el desarrollo de cultivos.

Eva María García Méndez, investigadora en el área hortofrutícola, recalca la importancia de tener claro cómo va a comercializarse el producto cuando se hace una inversión de este tipo: “Hay gente que no piensa en dónde lo va a vender. Al menos hay que tener un esbozo para que te salga rentable. La agricultura no es sencilla, lleva muchas horas de trabajo y se tarda en empezar a tener resultados”.

Recuperar cultivos tradicionales

El Centro de Investigación y Formación Agrarias de la Consejería de Medio Rural tiene en marcha diferentes proyectos de investigación  dentro de una iniciativa para la recuperación de cultivos tradicionales. “En realidad son tres trabajos distintos. Primero hay que encontrar variedades interesantes, luego hay que conservarlas y, posteriormente, evaluar su puesta en producción”, matiza Benito Fernández. El objetivo es que puedan competir con unas variedades comerciales que aportan a los agricultores la garantía de un comportamiento homogéneo, resistencia a enfermedades y un rendimiento que les permite un sistema de producción más intensivo. De lo que se trata es de seleccionar y fijar entre las tradicionales aquellas que puedan ser más interesantes para el mercado, ofrezcan mayor calidad e incluso requieran menos aportaciones para su cultivo. Los investigadores pueden llegar a ellas prospectando bancos de germoplasma o la Red de Semillas o, incluso, porque alguien les pone en conocimiento de su existencia o se las hace llegar.

Posteriormente, se encargan de su conservación, tanto de la materia vegetal como de su utilización. “Los agricultores actuales normalmente compran variedades comerciales, y las de toda la vida, el legado de esas semillas y su uso, van desapareciendo con las personas mayores”, apunta Eva María García Méndez. La pregunta a la que se trata de dar respuesta es si estos cultivos tradicionales, una vez recuperados y conservados, son útiles para los agricultores. “Tienen que dar unas características mínimas en rendimiento y, sobre todo, en calidad, con unas características fisicoquímicas y organolépticas adecuadas”, explica la investigadora del CIFA. Pone el ejemplo del tomate, un proyecto iniciado en 2012 con unas veinte variedades procedentes de diferentes zonas de la región: “Estamos buscando que tenga elevado contenido de licopeno. También, desde el punto de vista sensorial que guste, que sepa a tomate”. La cifra inicial se ha reducido a seis y se ha iniciado un proceso de selección: “Tratamos de mejorarlas –sin perder la esencia de los cultivares tradicionales– y que el agricultor pueda disponer de ellas con un valor añadido. Es por lo que Cantabria puede apostar: por la calidad de sus productos, no por la cantidad”.

Detalle de control de uno de los cultivos.

Otro proyecto del CIFA ha permitido multiplicar y caracterizar morfológicamente una amplia cantidad de especies hortícolas tradicionales, focalizando ahora su interés en determinar las posibilidades que tienen la berza y la judía grano. También están trabajando en  la recuperación y conservación de cultivares locales de avellano y nogal, la conservación de una colección de germoplasma de manzana –tanto de mesa como de sidra–  para su caracterización e investigan las plagas y enfermedades emergentes que afectan a la patata. No toda la actividad del área de hortofruticultura se ciñe a las especies tradicionales. Pensando en la sinergia que pudiera haber con otros pequeños frutos, especialmente el arándano, se está analizando qué variedades comerciales de fresa podrían tener un buen rendimiento en Cantabria. Y  en fase más incipiente está un estudio de los cultivos  hortícolas en invierno bajo un sistema de producción ecológica. “Queremos ver las posibilidades que hay tanto en variedades comerciales como tradicionales. Vamos a ver técnicas de cultivo, épocas de siembra, etc, y a trabajar con guisante, acelga o espinaca”, detalla Eva María García Méndez.

Un reto al que se enfrentan los investigadores consiste en conseguir que los cultivos experimentales se desarrollen en unas condiciones reales. Las instalaciones del CIFA se ubican en una finca en Muriedas de algo más de dos hectáreas, incluidas las edificaciones –laboratorio, biblioteca, etc–, por lo que el espacio del área agrícola es pequeño. La consejería dispone de otros terrenos, pero están dedicados fundamentalmente a un uso ganadero y es difícil compatibilizar ambas actividades. La solución ha sido complementar los invernaderos del centro, donde realizan una actividad más intensiva y concentrada, con la colaboración de decenas de fincas privadas por la región. Esto puede tener el inconveniente de que la investigación, al realizarse en un campo ajeno, pueda verse condicionada por las circunstancias particulares del propietario, aunque el jefe de servicio de Agricultura y Diversidad Rural afirma que en general han tenido suerte con sus colaboradores y resalta la ventaja que supone tener varias ubicaciones: “Podemos jugar con diversas condiciones climáticas y del suelo y hacer una distribución que nos permita saber cómo se comporta algo en diferentes sitios”.

Transferencia inmediata

Una segunda ventaja que aportan es que dinamizan la transferencia de los resultados de los proyectos de investigación. Habitualmente se realiza mediante publicaciones divulgativas, monografías y publicaciones científico-técnicas o a través de cursos o jornadas. Para Benito Fernández las fincas colaboradoras contribuyen a que la transferencia sea más inmediata y más viva que con los mecanismos normales: “Esos agricultores con los que estamos trabajando están viendo cómo se comportan los cultivos y lo comentan con otros compañeros”. En su opinión, esta relación también es muy positiva para los investigadores: “Hay un ‘feedback’ muy importante. Están en contacto continuo con el sector y conocen lo que necesita y lo que puede ser interesante para el agricultor”. Esto facilita dirigir la actividad del centro hacia proyectos con un alto potencial, algo que para Eva María García Méndez requiere agricultores profesionales: “Que sepan realmente los pros y los contras de meterse en este tipo de cultivos, tanto los existentes como los nuevos que puedan aparecer”.

A pesar de sus posibilidades, en las condiciones actuales el CIFA tiene una capacidad de crecimiento muy limitada. La sección de Investigación y Formación Agrarias es una unidad administrativa perteneciente al servicio de Agricultura y Diversidad Rural, por lo que no tiene personalidad jurídica y está supeditada a un presupuesto anual, que en 2019 es de 217.000 euros. “Somos pequeños y estamos condenados a ser pequeños mientras no cambie el ámbito jurídico en el que nos movemos”, indica su responsable. Subraya que la investigación requiere fondos y hoy en día prácticamente la única forma de conseguirlos es acudir a convocatorias específicas: “Pero para eso tienes que tener personalidad jurídica. Nosotros, como unidad administrativa, estamos atados de pies y manos para captar esos fondos, quedando circunscritos en gran medida a las disponibilidades presupuestarias del Gobierno de  Cantabria, en medio de las prioridades de financiación necesarias que hay por todos los lados, sanidad, educación, etc.”. La situación podría cambiar con la aprobación del proyecto de ley que regula el Instituto para el Desarrollo Rural de Cantabria (IDERCAN), un organismo autónomo, con capacidad para obtener y gestionar recursos, en el que quedaría integrado el CIFA. El nuevo status permitiría al centro contratar más personal, acceder a proyectos de mayor dimensión y, si consigue buenos resultados, introducirse en un círculo virtuoso en el que crecería.

El futuro del CIFA tampoco debe desligarse del de una agricultura emergente en Cantabria. En el balance de fortalezas y debilidades, Benito Fernández destaca que para  la consolidación y la evolución del sector es una ventaja que las personas que entran en él normalmente son jóvenes y con unas características sociales diversas: “Esto revitaliza mucho el campo porque vienen con otras ideas”. Sin embargo, alerta de dos grandes inconvenientes. Uno  es de tipo social: “En Cantabria hay un gran fallo asociativo. Frente a los problemas del mercado, mientras no tengamos buenas estructuras de comercialización, sobre todo con el exterior, los agricultores tienen que asociarse y no lo hacen. Es un gran hándicap”. El otro es que, a pesar de contar con muy buenas condiciones climáticas y de suelos, el espacio para producir es reducido: “Hay que aprovecharlo muy bien y defenderlo. No podemos tener mucha cantidad, pero podemos tener productos de alta calidad y un sector agrícola potente”.

 

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